No sé si te pasa, pero a mí la vida me zarandea a menudo. No es como cuando te pasa algo que te parte un rayo, pero a veces me siento como nadando en una piscina llena de mierda. Me refiero a esos momentos de la vida en los que te sientes tocado, pero no hundido del todo, ya sabes qué quiero decir.

Cuando la vida te torpedea así, te sientes muy vulnerable. Es una cosa difícil de manejar, esa sensación, y quisieras que la cosa pase rápido porque todo  el mundo a tu alrededor parece que no soporta que tú estés mal y te exige que cambies tu vida, mejores, adelgaces y que trates de molestar lo menos posible.

Cuando la  vulnerabilidad consume nuestra energía, nos sobreviene la flojera.

Es una calamidad padecer eso en nuestras carnes, sentir la incertidumbre, el miedo, el dolor. La condenada flojera se convierte muchas veces, tal vez demasiadas, en nuestra compañera de camino. La percibimos como una tremenda mochila con la que cargamos en el Camino de Santiago de la vida.  Aceptemos, pues, esta premisa si no queremos angustiarnos,

La  vida es aquello que pasa entre agobio y agobio.

Cuando las asperezas de la vida se presentan, se nos ocurren una legión de recursos que no siempre nos ayudan a tirar adelante. Cuando zozobramos y hacemos aguas, solemos hacer bastante el tonto y dejamos de surcar el mar de la vida con la elegancia y paso grácil que una buena vida requiere.

Este post está escrito para arrojar un poco de luz en las tinieblas de la cotidianeidad dificultosa, cuando la vida va bien no me hagas nunca caso. Sin embargo, cuando van mal dadas, me gustaría acompañarte mientras afrontas tus miserias con dignidad, puesto que:

En la dignidad radica la clave de una vida bien vivida.

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Articulo extraído de la web de Victor Amat. https://victoramat.es/flowjera/. Publicado el 21-04-2018