La terapia psicológica es un proceso de cambio y, como tal, la duración de la misma es variable en función de los objetivos que pretendan alcanzarse y de las dificultades que se presenten en ella. Al tratarse de un trabajo personal, la duración también se verá influida por el ritmo que el propio individuo quiera ir marcando conforme a sus avances personales y a sus propios requerimientos de expresión de emociones, entrenamiento en técnicas, afrontamiento de dificultades, nivel de afectación, áreas implicadas en el problema, etc.

Además, también existe la posibilidad de consultar al/a psicólogo/a por un aspecto concreto de tu vida o por un problema puntual. Ejemplos de este tipo de consulta serían primera crisis de ansiedad, problema laboral concreto, petición de consejo sobre cómo explicar a los hijos el divorcio de los padres, etc.

Esta pregunta debería responderse caso por caso. Si bien no hay la mejor psicoterapia para todas las personas, sí existe un tipo de terapia que se adapta mejor a las distintas maneras de ser y personalidades de las personas. Por eso recomendamos conocer un poco de los distintos tipos de psicoterapia. En sí ningún tipo de tratamiento psicológico es mágico: depende en gran parte del esfuerzo invertido en el espacio terapéutico.

Por ejemplo, a grandes rasgos, la terapia cognitivo-conductual puede funcionar mejor para personas que necesitan una guía y un programa de trabajo estructurados; el psicoanálisis puede ser muy efectivo para personas con una alta capacidad de introspección y con una  necesidad de explorar en su vida psíquica y en las causas profundas de sus dificultades; la terapia sistémica sirve muy bien en casos que el problema que sufre un individuo tiene que ver con su forma de relacionarse con los demás, ya sea su pareja, su familia o grupo de trabajo.

La psicoterapia es un método de tratamiento de los trastornos físicos y psíquicos debidos a conflictos intrapsíquicos conscientes e inconscientes sin resolver, que exige por parte del paciente un compromiso voluntario, colaboración y el deseo y la posibilidad de entablar con el psicoterapeuta una relación interpersonal muy particular a la que se llama relación psicoterapéutica. Así, permite que se establezca un proceso psicoterapéutico en el cual el lenguaje interviene como modo preferente de comunicación.

El fin ideal de la psicoterapia es permitir al paciente resolver por sí mismo los conflictos intrapsíquicos teniendo en cuenta su ideología, y en ningún modo la del psicoterapeuta. (Schneider, 1976)

La terapia intenta cambiar los aspectos que la persona quiere y lucha por ellos, pero no cambia la estructura de la personalidad, ya que este no es el objetivo de la persona ni de la terapia.

Cualquier persona que sienta malestar emocional o interpersonal puede necesitar apoyo psicológico para superarlo. Pedir ayuda no es una decisión fácil. En la primera sesión de terapia psicológica la persona dispone de un espacio donde hablar de sus preocupaciones y problemas sin ser juzgado. A partir de aquí el psicólogo hace un análisis objetivo de los mismos, para ofrecer al paciente una propuesta de tratamiento que implicará la realización de tareas y el entrenamiento en técnicas tanto en sesión como para casa.

Cada vez es más frecuente que las personas acudan a un psicólogo ante determinado tipo de dificultades, que les pueda ayudar a encontrar una explicación de su malestar y a poner en práctica soluciones al mismo. La terapia psicológica puede ser una ayuda tanto para las personas adultas, como para los adolescentes, los niños, las personas mayores, etc.

Cuando uno toma un medicamento confía en que su eficacia haya sido sometida científicamente a prueba. Al igual que cualquier fármaco, un tratamiento psicológico debe pasar unas pruebas y controles científicos para saber si es más eficaz que no hacer nada o que utilizar otro tratamiento que en principio es menos o nada eficaz. De igual modo que no deberíamos tomar un fármaco de eficacia no demostrada, tampoco deberíamos seguir un tratamiento psicológico que no se sabe si funciona, al menos cuando existen tratamientos alternativos de eficacia demostrada. Algunos profesionales se basan en su experiencia para afirmar que sus tratamientos funcionan, pero la experiencia no sometida a prueba se ha mostrado engañosa en múltiples ocasiones y existen métodos más fiables para saber si un tratamiento funciona o no.

No todos los tipos de tratamientos psicológicos han sido sometidos convenientemente a prueba. El más investigado, hasta el momento, ha sido el cognitivo conductual. De este enfoque se han derivado tratamientos eficaces para una diversidad de problemas: trastornos de ansiedad, depresión mayor, disfunciones sexuales, problemas de pareja, trastornos de alimentación, drogodependencias, trastornos de conducta en la infancia, control de esfínteres y, en combinación con intervenciones médicas, esquizofrenia, dolor y trastorno de déficit de atención con hiperactividad.

En suma, conocer qué tratamientos psicológicos concretos son más efectivos para el problema que nos afecta es fundamental. De ello depende, en gran medida, el éxito de la intervención que se va a recibir.

El psiquiatra se diferencia del psicólogo clínico en diversos aspectos. En primer lugar, el psiquiatra es un licenciado en Medicina y el psicólogo clínico es un licenciado en Psicología. Por ello, el psiquiatra considera los problemas del paciente como resultado de que algo no funciona bien en el organismo (en el cuerpo); por el contrario, el psicólogo clínico se centra en aspectos psicológicos (cómo influyen en el problema las relaciones y situaciones sociales, familiares, las emociones propias y de los demás, la opinión y visión personal que se tiene sobre los problemas, etc.). Esto no quiere decir que el psicólogo excluya en su tratamiento los aspectos orgánicos, o que el psiquiatra haga lo propio con los factores psicológicos. Sin embargo, sí debe quedar claro que ambos se diferencian en la mayor importancia que dan a lo psicológico (psicólogo clínico) o a lo orgánico (psiquiatra).

En consonancia con esto, la segunda diferencia reside en qué hacen ambos profesionales. El psiquiatra se ocupa, habitualmente, de diagnosticar y recetar un fármaco; y el psicólogo clínico, junto con el diagnóstico, busca analizar las dificultades específicas del paciente en su día a día y hace un plan ajustado a estas para superarlas.

Un tratamiento psicológico debe aplicarse cuando se tiene un problema que desborda a la persona, es decir, que le dificulta o impide vivir de la forma deseada o que le produce gran malestar y sufrimiento.

Es preciso diferenciar entre un problema digamos natural o normal y una alteración clínicamente significativa. Son muchos los problemas con los que nos enfrentamos en el día a día (la muerte de un ser querido, una mala relación de pareja, dificultades en el trabajo, contratiempos en la educación de los hijos…), pero, frecuentemente, nos valemos de nosotros mismos y de las ayudas que tenemos (la familia, los amigos, los compañeros de trabajo…) para superarlos. Sin embargo, cuando las dificultades son excesivas, duran más de lo normal, son muy fuertes e incapacitantes en el quehacer diario y provocan un malestar emocional considerable es cuando resulta necesario acudir a un tratamiento psicológico.

Los principales tratamientos psicológicos existentes en la actualidad son:

-La terapia cognitivo-conductual, basada en el modo de aprender nuevas formas de pensar, actuar y sentir.

-Las psicoterapias psicoanalíticas y dinámicas, centradas en el estudio introspectivo del ser humano.

-Las terapias de corte existencial-humanista, basadas en gran parte en la relación terapeuta-paciente.

-Las terapias sistémicas, que consideran los problemas de una persona como la expresión de que algo funciona mal en su sistema familiar o de pareja, lo que implica hacer cambios en dicho sistema.