Pacientes de la unidad de crisis de salud mental en Sant Pau debaten sobre cómo quieren ser tratados.

Aquí no se habla de diagnósticos, de la bipolaridad de una, de la depresión del otro, de la esquizofrenia de aquel. Aquí se viene a hablar de lo que se quiera, menos de eso. Por ejemplo, “de cómo nos gusta que nos hablen”. Ese fue el tema elegido la semana pasada. Anteriormente se trató la sexualidad que la medicación apaga. Es un debate entre catorce personas en plena crisis por su problema de salud mental y dos enfermeros del hospital de Sant Pau de Barcelona. Esos problemas son muy diversos, pero todos suficientemente importantes como para llevarles a una unidad de crisis, una sala cerrada dentro de un hospital general donde la mayoría vive en pijama todo el día y donde la media de estancia es de 21 días, pero muchos pasan hasta tres meses.

Un tiempo muerto en el que el planteamiento de entablar este debate semanal para hablar de lo que se quiera se convierte en una ventana de participación, reivindicación, conocimiento, autoconocimiento, etcétera…

Paternalismo. “A mí no me gusta el paternalismo, no me gusta que nos hablen de esa manera infantil. Me gusta estar informada de la medicación, algo que a veces se oculta”.

“Pues a mí no me parece mal, sobre todo cuando estás aquí, tan solitario”.

“Te sientes solo cuando llegas y no conoces las normas. A mí me gusta que te arropen”.

Uno de los enfermeros que dirige el debate pregunta si anota en la pizarra que lo que no gusta es ¿el infantilismo? Bailan en la sala otras palabras, a veces sugeridas por pacientes, a veces por los enfermeros que llevan la sesión de Parlem de los martes. Y acaban en la pizarra r espeto, cordialidad, asertividad, empatía. En grande, s oledad.

La familia. “Ellos no entienden cómo estás. Está mal visto que tengas un trastorno”.

Enfermero: “Para ti ya es difícil de aceptar –anota aceptación–. Pero tu familia no siente lo que pasa en tu cabeza, sólo ve el cambio. ¿Qué puedes hacer para que tu familia te entienda?”.

“Las mamás lo detectan enseguida”. “Vas acumulando días y días y al final ellos lo ven antes que yo. Yo ni lo reconozco”.

“Nadie está preparado para tener un familiar ingresado”.

Contarlo o no. “Mi doctora me dijo que mejor no se lo dijera a mi última relación. Pero, claro, esto forma parte de mí, ¿tengo que tomarme la medicación a escondidas? Tienes que darle opciones. Así que no hice caso. Se lo conté y me arrepentí. Al año y medio de empezar hemos roto porque yo estaba mal”.

“Yo no le he dicho en el trabajo; no estoy discapacitada”.

“Una vez lo cuentas te empiezan a tratar como a un niño pequeño. Mi hijo de 19 años me dijo ¡Ay, mamá!, él no se esperaba que su madre tuviera esta enfermedad y ahora me trata como si fuera su hija”.

“Ese proteccionismo es agobiante a veces”.

“Es por miedo”.

La palabra miedo queda anotada en la pizarra.

“Yo he tenido un cáncer y ahora esta enfermedad. Esta es la que más alarma ha causado en mi entorno. (…) Me emociono por todo, vaya carrera que llevo”.

Más palabras que explican ese miedo. “Es el estigma, quieren protegernos de que el entorno no nos acepte, de que nos rechacen”. En la pizarra anotan protección y borran miedo.

Nunca loco. Odiosa palabra. “Duele más si te lo dice un ser querido”. “Si te dicen esa palabra, ya sabes que significa que no se va a sentar contigo”. “Si no hacemos algo por cambiarlo, seguirán llamándonos locos”. “Una persona no es sólo enfermo de algo”.

Enfermero: “Se ha de cambiar, pero no se trata de ir con la enfermedad como bandera, porque eres muchas más cosas”.

“Pero no por eso has de dejar que te pisen”.

“Te sientes muy mal cuando te comparan con los demás. Por qué yo”.

Enfermero: “Si hubieses podido elegir, ¿tendrías este problema de salud? Tenerla no ha dependido de ti”.

El debate se va cerrando. Es hora de comer. Quieren hablar otra vez de medicación y secuelas sexuales. Otro día.

Debates, cine, fábulas, ejercicio y menos correas

La idea de los enfermeros de la unidad de crisis de salud mental de Sant Pau era que esa larga estancia de sus pacientes fuera más provechosa para su autoconocimiento, “porque muchos no tienen conciencia de enfermedad”. Que fuera más rica, “porque hablan con psiquiatras, psicólogos y enfermeros, pero apenas entre ellos; hay una gran diversidad de problemas mezclados”. Y que pasaran cosas buenas. Tras mucho hablarlo entre profesionales, afectados y familiares, el equipo de enfermería dirigido por Àlex Marieges puso en marcha un plan: los martes, debate; los miércoles, tertulia 2.0 con fábulas y cuentos. Los jueves, cinefórum sobre varios documentales; los viernes, “ejercicio físico, muy divertido” y consejos de nutrición para personas especialmente sedentarias. Además, un huerto en un pequeño patio. La necesidad de sujeciones a la cama por crisis han bajado del 14% al 10% en menos de un año.

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