Estimulado por la orden de no salir de casa, llevaba varios días acercándome a una vieja sensación.
No acababa de atraparla, de sentirla claramente.

Hoy, por fin, la he cazado y os la cuento.

Eran aquellas nevadas que todo lo paraba, que nos dejaban en casa cerrados. Me he pasado años esperando el nevadón que me hiciera tener que excavar un túnel para salir de casa. Si llegaba, todo se paraba: sin cole, sin autobuses.

Recuerdos

Recuerdo una de ésas, a diez bajo cero en Pamplona durante varios días, con las calles heladas. Silencio, el silencio de la nieve. Un silencio especial. Hoy he ido al trabajo y he comprobado que la calle estaba completamente vacía: nadie Nunca antes la había visto así a plena luz del día. Silencio.

Nunca imaginé que viviría esto. Hasta hoy, exhibía una anécdota con el placer de algo excepcional que poca gente había vivido. Fue en Estambul un domingo en el que, por un recuento censal de la población, todos los turcos se tuvieron que quedar en casa. Solo a cuatro turistas perdidos se nos autorizaba a salir a la calle. Por allí deambulamos, observados por alguna patrulla policial, hacia una miserable playa del Mármara.. Mis fantasías corrieron a ese mítico día post-cataclismo nuclear. ¡Una experiencia única!, para contar.

Lo era. Se nos ha quedado corta. Lo que estamos viviendo lo supera. Para contar a los hijos y nietos que vendrán.

Es el encanto de lo excepcional, de lo que todo lo cambia, de no ir a clase, casi ni a trabajar, de estar recogido en casa con los tuyos.

Recuerdos

Ese encanto que buscábamos cuando en la escuela, la bajada de tensión hacía parpadear la bombilla. Nosotros, desde nuestros pupitres, soplábamos para que acabara de apagar y nos mandaran a casa. Proveníamos de la cultura de la vela, que se apaga de un soplo.

La memoria tiene patas muy cortas, más cortas que la mentira. Me contaba el otro día mi amigo y colega Rubén que, en aquellos años, todos los niños eran confinados en casa por unas semanas o un mes, ante cualquier enfermedad. El quedarse en casa era parte del tratamiento. Y no existía ninguna pantalla, ni papás que se dedicaran a resolver nuestro aburrimiento. Nos lo teníamos que resolver nosotros mismos. Dicho sea de paso, tal vez era un buen estímulo para la creatividad. Me pregunto cuanto debo a esos encierros, mi creatividad de psicodramatista.

No me sirve que digáis que son experiencias de gente de edad. Todos las llevamos dentro: nosotros y/o nuestros padres lo han vivido. Mi trabajo con psicodrama transgeneracional (la influencia de las generaciones pasadas sobre nosotros) no de deja dudas sobre ello.

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Vecino dentro de una pandemia, y psiquiatra.


 Articulo extraído de la pagina. https://www.gogrupos.com/post/qu%C3%A9dateencasa-y-mis-recuerdos-de-aquellas-nevadas-el-encanto-de-lo-excepcional. Bajo el titulo. #QuédateEnCasa y mis recuerdos de aquellas nevadas: El encanto de lo excepcional. Articulo publicado por www.gogrupos.com.Por Goyo Arlañazas. El 18-03-2020.

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