La Atención en Salud Mental requiere una inversión urgente. Alzamos hoy la voz para reivindicar que todas las personas que lo necesiten tengan acceso a unos servicios públicos de salud mental de calidad y adecuados a sus necesidades. Hoy, en España, esto todavía no es así. Debemos exigir que los gobiernos destinen más recursos y que utilicen los recursos disponibles de forma más eficiente.
Por eso es oportuno que hagamos un balance de avances y retrocesos, para fijar objetivos de futuro.
La democracia y la Constitución de 1978 dieron un impulso al reconocimiento de los derechos humanos, también a los de las personas con problemas de salud mental. En 1983 surgió FEAFES, la actual Confederación Salud Mental España. Ese mismo año se constituyó la Comisión para la reforma psiquiátrica, cuyo documento final se publicó en 1985. Un año después se aprobó la Ley General de Sanidad. Fueron pasos importantes. En el artículo 20 de la citada Ley se recoge la plena integración de la atención a la salud mental en el sistema sanitario general, y se define un modelo de salud mental comunitaria.
Poco a poco se crearon centros y equipos de salud mental, así como unidades de psiquiatría en hospitales generales, y se desarrollaron, en colaboración con el movimiento asociativo, centros de rehabilitación, programas de empleo, viviendas tuteladas y otros servicios. De esta forma, muchas personas con problemas importantes de salud mental, pudieron recuperarse y viven hoy con autonomía.
Al mismo tiempo, como resultado de la reforma, se fueron cerrando camas en hospitales psiquiátricos tradicionales: de 43.000 camas en 1978 a 12.000 en 2011, una reducción del 72% en 30 años. Sin embargo, desde 2011 ese número de camas no se ha reducido. En los últimos 10 años la reforma se frenó.
¿Qué estaba pasando? Pasó que, cuando todavía estábamos a mitad de camino en dotación de recursos para desarrollar plenamente los servicios de salud mental comunitaria, en 2008 explotó la burbuja financiera de EEUU iniciando una crisis económica que arrasó el planeta. Las hipotecas basura y los productos financieros tóxicos permitieron ganar enormes sumas de dinero a los ejecutivos de los bancos y los fondos de inversión y arruinaron a millones de familias. Es la nueva economía financiera global.
La revolución de los ricos, que había empezado a finales de los años 80, impulsada por el neoliberalismo. La consecuencia fue un freno a la economía real de todos los países, provocando la caída de sus ingresos fiscales. Entonces, en lugar de reformar el sector financiero y controlar los movimientos de capitales, fortaleciendo el sistema fiscal internacional y eliminando los paraísos fiscales, lo que vimos es el refuerzo de los culpables de la catástrofe. Los gobiernos decidieron rescatar a los bancos con el dinero de los contribuyentes, y, al mismo tiempo, acordaron no aumentar la deuda pública. ¿Solución?: recortar el gasto social, y dentro de él, los servicios de salud mental.
Así, entre 2009 y 2018 el Gasto Sanitario Público, ajustado por edad en euros constantes, se redujo en un 20%. En salud mental, la reducción fue todavía mayor.
Además, en 2009 la financiación sanitaria era todavía insuficiente, y no había alcanzado la media de la Unión Europea. Hoy, para poder alcanzar ese gasto deberíamos destinar un 8,3% del PIB, que supondría 100.000 millones de euros anuales, un 29% más que el gasto actual.
¿Y en salud mental? La inversión actual en servicios de salud mental en España puede estimarse en 4.000 M€, solo un 5,16% del gasto sanitario público total. Además, un 42% de ese gasto se destina a medicamentos y un 17% a hospitales psiquiátricos, que son gastos muy ineficientes. Mientras tanto, en Reino Unido, Alemania, Francia o Suecia el gasto en servicios de salud mental es el 10% del gasto sanitario total. Este debe ser nuestro objetivo: el 10% del gasto sanitario público total.
En resumen, después de importantes avances que se impulsaron gracias al esfuerzo de los profesionales sanitarios, de las familias y de las personas con problemas de salud mental, en los últimos diez años estamos viviendo un retroceso. No solo por los recortes y la reducción de recursos, sino también por un cambio de orientación, hacia un enfoque biológico, farmacológico, hospitalocentrista, que es ineficiente y limita la autonomía de la persona y su recuperación integral.
¿Por qué reclamamos mayor inversión en Salud Mental? ¿Es acaso un capricho? ¿Una ocurrencia de gente bienintencionada? Desde luego que no.