por Juan José Millás

 

Soy un cobarde crónico, de modo que el miedo, aunque temporalmente desaparezca, siempre vuelve. Hoy, por ejemplo, me levanté bien, alegre, con la idea de acometer un proyecto al que vengo dándole vueltas desde hace varios meses. Desayuné contento y salí a caminar pletórico. Las piernas respondían, la respiración funcionaba y la temperatura era perfecta. Todo en orden. Al regresar me di una ducha, me vestí silbando jovialmente y mientras se encendía el ordenador eché una ojeada a los titulares del periódico. Entonces, sin venir a qué, empecé a sentir un malestar corporal que dio al traste con la euforia anterior.

Abandoné a un lado el periódico y atraje hacia mí el teclado del ordenador dispuesto a llevar a cabo mis propósitos. Pero no logré hilar dos frases seguidas, inmovilizado como me hallaba por la inminencia de la catástrofe. Algo terrible estaba a punto de pasar. Sonará el teléfono, pensé, y recibiré una noticia insoportable. El móvil no sonó. Comprobé que no estaba en estado de silencio y luego me llamé desde el fijo para ver si funcionaba.

 

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por Juan José Millás