Pido perdón porque, como periodista y como ciudadano, no supe ver lo que estábamos permitiendo desde mucho tiempo antes de que apareciera el coronavirus.
Es tarde para casi todo, pero al menos quiero dejarlo escrito: siento una enorme vergüenza, impotencia y rabia, y sólo quiero pedirte perdón. A ti, Isabel F. M., fallecida en una residencia de Moratalaz (Madrid); a ti, Antonio P., en Antequera (Málaga); a ti, Agustina L. L., en Valdemoro (Madrid); a ti, Fernando G. F., muerto en otro geriátrico madrileño; a ti, José D. Q., en una residencia de Vigo… A vuestras familias, que nos han enviado a infoLibre el testimonio de su sufrimiento para ayudarnos en la investigación sobre el azote del covid en las residencias. Pido perdón a las decenas de miles de residentes que han fallecido directa o indirectamente a consecuencia de la pandemia, a sus familias y seres queridos, y también a los miles de trabajadores de geriátricos que hicieron lo que humanamente estaba a su alcance para que sufrieran lo menos posible en el tramo final, a menudo arriesgando su propia vida sin medios para protegerse del contagio, mal pagados y con contratos precarios.
Os pido perdón y creo que deberíamos hacerlo todas y todos. No por no haber visto venir el horror. Nadie en el mundo lo hizo, diga lo que diga toda esa tropa de capitanes a posteriori o adivinos del pasado que tanto abunda en España, se trate de lo que se trate. Vamos mucho más sobrados de listos que de sabiduría. Nos falta tanta humildad como prepotencia derrochamos.
Incluso quienes manejaban la información más completa, desde la privilegiada posición de gobernantes asesorados por científicos, tenían la responsabilidad de manejar con prudencia el equilibrio entre la salud pública y la actividad económica.
Las recetas más simples ante situaciones tan complejas como inéditas tienen la misma validez que las proclamas de quienes ven al Diablo en todos los rincones excepto en su propia alma.
Pido perdón porque, como periodista y como ciudadano, no supe ver lo que estábamos permitiendo desde mucho tiempo antes de que apareciera el coronavirus. Llevamos tres décadas hablando e informando sobre los mayores en su calidad de “pensionistas”, mucho más que en vuestra condición primera y eterna de personas. Para qué engañarnos: ni siquiera en ese asunto de las pensiones nos volcamos por solidaridad con vosotros, sino por puro egoísmo; por la preocupación (agitada además sin descanso por tierra, mar y aire) acerca de “nuestras” futuras pensiones, no las vuestras. Si así fuera, acudiríamos muchos más a vuestras manifestaciones en defensa de pensiones dignas.
.Os pido perdón porque hemos consentido que lo que debería ser un sistema de cuidados de las personas mayores que los necesiten se haya convertido (en una proporción intolerable) en uno más de los negocios boyantes del capitalismo global. ¿De qué si no iban a estar los principales grupos empresariales que controlan el sector geriátrico y residencial en manos de empresas multinacionales, fondos de inversión opacos, cuyo rastro siempre se pierde en paraísos fiscales o algún que otro empresario experto en la obtención de adjudicaciones públicas y en imputaciones por corrupción? Lo que tendría que ser un mimbre fundamental del Estado del bienestar es una rama más del árbol del mercado globalizado cuyo tronco responde a la ecuación prioritaria de máximo beneficio a menor coste. Un suculento negocio facilitado además con dinero público.
Continua leyendo la disculpa.