EL DANDI QUE ESCRIBÍA HIRIÉNDOSE.
Casi quince años después de su muerte, Francisco Umbral afianza su presencia en la memoria colectiva tras la reciente publicación de su correspondencia con Miguel Delibes y el estreno de un documental sobre este escritor cuyas letras le granjearon tantos rivales como compadres.
Subversivo, obstinado, impúdico, hostil a lo gregario, irónico, escandaloso a su pesar y con una escritura de sillería, sabia, exacta, abrumadora, casi pecaminosa. Inconfundibles su bufanda en ristre –roja o blanca–, su melena felina y lechosa, y sus gafas de pasta con cristales gruesos, de los que muestran ojos de chinchilla. Hablamos de Francisco Alejandro Pérez (Madrid, 1932- íbidem, 2007), es decir, de Francisco Umbral, miembro de una estirpe inusual, la de los dandis, compartiendo linaje de Wilde, Baudelaire, Hoyos y Vinent, Álvaro Retana, Tom Wolf o Huysmans, entre otros.
«Hombre que se distingue por su extremada elegancia», define la Real Academia. Pero ser un dandi va más allá: es una manera de estar en el mundo, una elegancia sobre todo existencial, guiada por un código ético y estético exclusivo. Algo de construcción y voluntad, y todo de instinto e inspiración. De distinción. Lo que no tenían sus apellidos: Pérez Martínez, los de la madre, una secretaria a la que su jefe, el padre del poeta León Felipe, es decir, Alejandro Urrutia, dejase encinta y desamparada. Pero este dato, el quién de su padre, lo supimos mucho después, en realidad hace muy poco, por una noticia bomba de Manuel Jabois.
A Paco –se me disculpe la licencia– le estorbaban el Pérez y el Martínez, grises, ramplones, pedestres. Y así como Luis Cernuda prescindía del segundo suyo (Bidón), Paco escogió uno, único, ficticio pero simbólico: Umbral. Fue el 1958, en La voz de León, donde colaboraba por entonces Luis del Olmo. Paco trabajaba en un banco, en Valladolid. Allí conoció a Miguel Delibes, quien hizo de mentor y acaso de padre impreciso. Lo animó a perseverar en la escritura, y abandonó la oficina para comprarse una máquina de escribir portátil. Dio el paso justo que lo encaminó a ser él mismo. Cruzó el umbral. Nada, nadie, ni siquiera él mismo, lo detuvo en su vocación de cumplirse. «Lo más importante para mí es ser Francisco Umbral», dijo en una entrevista.
Su escritura tantas veces corrosiva le granjeó refractarios con solera, al tiempo que compadres.
Continua leyendo la Noticia.