‘Si la vida no me da lo que espero, me bajo de la vida’».
«Si no permitimos que un hijo meta los dedos en un enchufe, no dejemos de ayudarle si tontea con el suicidio».
El Doctor en Psicología alerta de que escucha cada vez a más jóvenes de 14 a 16 años que piden a la vida lo que la vida no puede darles y se sienten desesperanzados. Javier Urra está acostumbrado a tratar con jóvenes conflictivos que viven situaciones límite, hasta el punto de que durante la presentación de su último libro “Cuando la salud mental quiebra”, se pasó por el centro terapéutico y estuvo con quince menores que habían hecho intentos reales de quitarse la vida.
Es una realidad alarmante. Estos jóvenes se encuentran desprovistos de ilusión, de motivación, tienen muchas dudas e incertidumbre sobre su futuro y la situación económica desfavorable. Hay que hablarles de que la vida no siempre es de color de rosa, a veces es complicada, compleja y hay que afrontarla.
En cuanto a los adolescentes de más edad, de entre 15 y 19 años, la cuarta causa de enfermedad y discapacidad es la depresión, y eso que se trata de una dolencia infradiagnosticada
La prevención del suicidio conlleva formación a sanitarios, profesores, fuerzas de seguridad, bomberos y ciudadanía en general. Uno de los objetivos debería ser la detección precoz de las enfermedades o trastornos mentales, dado que ello es fundamental para la intervención y el mejor pronóstico.
Para ello, es precisa la formación específica de los médicos de atención primaria, y es que este es el mecanismo sanitario con el que los ciudadanos tienen un mayor contacto a lo largo de la vida, pero en muchos casos también un nivel de confianza e intimidad más elevado que con cualquier otro profesional o servicio».
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