Cuando la infancia grita y nadie escucha: el colapso silencioso de la salud mental infantil.

 

En los últimos años, las urgencias pediátricas en España se han convertido en un espejo incómodo de algo que preferimos no mirar: nuestros niños están sufriendo más que nunca. Y no se trata de una percepción subjetiva ni de un alarmismo mediático. Los datos son contundentes.

Según informó iSanidad en mayo de 2026, las urgencias por motivos de salud mental en menores se han duplicado en una década, especialmente en niños de entre 3 y 13 años . Los pediatras describen un aumento sostenido de crisis de ansiedad, episodios de agresividad y, lo más devastador, intentos de suicidio que crecen un 22% cada año. El Dr. Santiago Mintegi, jefe de Urgencias Pediátricas del Hospital de Cruces, lo expresó con una pregunta que debería estremecernos:

“¿A qué esperamos, a ver un caso cada hora?”

La infancia, ese espacio que debería ser sinónimo de seguridad, juego y descubrimiento, se está convirtiendo en un territorio de angustia. Y cuando un niño llega a urgencias sujeto con correas —como ocurre en el 15% de los casos— no solo estamos ante un síntoma clínico: estamos ante un fracaso colectivo.

Un problema local con raíces globales.

Mientras en España los pediatras piden “una reflexión de toda la sociedad”, en otros lugares del mundo se libra una batalla distinta pero profundamente conectada: la instrumentalización política de la salud mental.

El psiquiatra y antropólogo Eric Reinhart alertó en Al Jazeera sobre el auge de lo que denomina “anti-psiquiatría fascista”, un movimiento que utiliza el sufrimiento psicológico como herramienta de control social y político . En Estados Unidos, describe cómo determinadas políticas están desmantelando servicios públicos esenciales, criminalizando la pobreza y la enfermedad mental, y proponiendo el retorno a modelos coercitivos de internamiento que recuerdan a los peores capítulos de la historia psiquiátrica.

Aunque pueda parecer lejano, este análisis ilumina algo esencial: cuando una sociedad no protege la salud mental de sus ciudadanos —y especialmente de sus niños—, otros actores llenan ese vacío con discursos de miedo, castigo o desinformación.

¿Qué está fallando realmente?.

Los pediatras españoles lo dicen sin rodeos:

  • Los recursos son insuficientes. No hay boxes específicos, no hay circuitos adaptados, no hay tiempo para explorar lo que hay detrás de un síntoma.
  • Las familias están desbordadas. Se sienten culpables, perdidas, desconectadas de sus hijos y de sí mismas.
  • La sociedad está enferma. Y los niños, como siempre, son los primeros en mostrarlo.

Cuando un menor de 10 años intenta suicidarse, no es él quien está fallando. Es el sistema. Somos nosotros.

La infancia como indicador social.

El Dr. Mintegi lo resume con una claridad que duele:

“La urgencia pediátrica es un termómetro social” .

Y ese termómetro está marcando fiebre alta.

Los datos sobre violencia sexual, bullying, intoxicaciones domésticas y crisis emocionales no son fenómenos aislados: son señales de que la red que debería sostener a la infancia —familias, escuelas, instituciones, comunidad— está agujereada.

¿Qué necesitamos ahora?.

Desde una perspectiva clínica y humana, la respuesta no puede limitarse a más diagnósticos o más medicación. Necesitamos:

  • Políticas públicas que protejan la salud mental infantil como un bien común.
  • Equipos multidisciplinares en urgencias pediátricas, formados y con recursos reales.
  • Prevención comunitaria, no solo intervención en crisis.
  • Apoyo a las familias, que también están exhaustas.
  • Un cambio cultural que deje de normalizar la hiperexigencia, la soledad digital y la desconexión emocional.

Y, sobre todo, necesitamos escuchar. Escuchar a los niños cuando lloran, cuando se enfadan, cuando se aíslan, cuando se desregulan. Escuchar lo que sus síntomas están diciendo de nosotros.

 

Porque una sociedad que genera niños cargados de sufrimiento no es una sociedad avanzada: es una sociedad que ha perdido el rumbo.

La pregunta ya no es “¿qué les pasa a los niños?”. La pregunta es: ¿qué nos está pasando a nosotros?

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