La salud mental como campo de batalla política: cuando el sufrimiento se convierte en herramienta de control

En las últimas décadas, la crisis global de salud mental no ha hecho más que agravarse. A pesar del aumento del gasto sanitario y la expansión de tratamientos farmacológicos, los índices de ansiedad, depresión y suicidio siguen creciendo. Este fracaso institucional ha abierto la puerta a corrientes políticas extremas que instrumentalizan el descontento social, no para mejorar la atención, sino para desmantelar derechos humanos.

El psiquiatra y antropólogo Eric Reinhart, en su análisis publicado por Al Jazeera, advierte sobre el auge de una “antipsiquiatría de corte neofascista”: una estrategia que se disfraza de “libertad médica” para justificar políticas de control social y encarcelamiento masivo.

El modelo Trump‑Kennedy: coerción bajo el disfraz de bienestar

La actual administración estadounidense, encabezada por Donald Trump y Robert F. Kennedy Jr., ha impulsado medidas que atacan directamente la infraestructura del cuidado público. Bajo el argumento de combatir la “sobre‑medicalización”, se están aplicando recortes drásticos en programas de vivienda, prevención del suicidio y atención comunitaria.

Entre los puntos más críticos de esta agenda destacan:

  • Institucionalización forzosa: órdenes ejecutivas que permiten detener e ingresar indefinidamente a personas sin hogar o con adicciones, sin garantías judiciales.
  • Retorno de los asilos: reapertura de instituciones cerradas hace décadas, sin regulación ni fondos adecuados.
  • Granjas de “bienestar” y trabajo forzado: proyectos que evocan prácticas coloniales, donde poblaciones vulnerables serían sometidas a regímenes laborales bajo la excusa de “reeducación”.

Un espejo peligroso: el precedente de Bolsonaro

Reinhart recuerda que este modelo ya tuvo un antecedente en Brasil. Durante el mandato de Jair Bolsonaro, se desmanteló una reforma psiquiátrica comunitaria reconocida internacionalmente para financiar “comunidades terapéuticas” privadas y religiosas. Las consecuencias fueron devastadoras: trabajo no remunerado, violencia psicológica y violaciones sistemáticas de derechos humanos, que terminaron saturando cárceles y dejando sin atención a miles de personas con trastornos graves.

Crítica legítima vs. explotación política

La antipsiquiatría nació como una crítica progresista a la coerción institucional —desde Foucault hasta Fanon— para exigir más derechos y atención comunitaria. La extrema derecha actual distorsiona esos argumentos: utiliza el discurso de la libertad individual para justificar el abandono estatal y la criminalización del sufrimiento.

La alternativa: cuidados comunitarios y justicia social

Frente a este avance autoritario, el sector sanitario y las organizaciones sociales deben ir más allá de defender un sistema que ya es insuficiente. La respuesta pasa por construir un modelo de cuidado integral y democrático:

  • Atención desde la raíz: invertir en vivienda pública, ingresos garantizados y redes de apoyo que aborden las causas sociales del malestar.
  • Equipos de crisis no policiales: crear alternativas comunitarias para emergencias psiquiátricas sin uso de la fuerza.
  • Apoyo mutuo: fortalecer programas liderados por personas con experiencia propia en salud mental.

La salud mental es un asunto político y ético

Frente a las políticas que responden al sufrimiento con castigo y confinamiento, debemos defender la solidaridad, los derechos humanos y el cuidado comunitario. Porque una sociedad que convierte el dolor en herramienta de control no está curando heridas: las está profundizando.


 Artículo original en Al Jazeera

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