Llamaré hipervalor al recurrente discurso hegemónico que termina por corromper e invalidar el genuino valor personal, y por ende el crecimiento interior,  pues impera la valoración irracional de la explotación de un yo únicamente social y productivo, que aplica para el ser humano desde la niñez hasta el fin de sus años con energía y salud.

El desequilibrio entre el desarrollo de habilidades sociales y productivas con el de un desarrollo psicológico, emocional y espiritual (los tres estrechamente conectados) igualmente robustos, termina por ser “un disparo en los pies”, pues la falta de integridad en las personas las pone en graves aprietos, por ejemplo, a la hora de postularnos a convivir en paz y productivamente.

Con las RRSS queda muy patente, por ejemplo en el actual periodo de elecciones presidenciales (en Chile), cómo la carencia de una conexión con valores personales deriva en niveles de descalificación sumamente dañinos entre personas de todos los “niveles culturales”, muchas veces contra quien únicamente ha declarado una posición política.

Lo más nuclear en un ser humano es o debiera ser su propio sentido de sí, en profundidad, con aquello entendido como un proyecto personal del que cada uno debe y merece hacerse cargo, y no como una actividad terapéutica casi extraprogramática relegada a unos minutos de meditación con imaginería y algo de deporte en el mejor de los casos.

La obviedad de la vida entendida como una aventura también moral parece no ser obvia

¿Cuán conscientes y determinados damos cada paso, los pequeños y los grandes, en el desarrollo de nuestra vida?

Es una pregunta que no debería resultar loca ni molesta de hacérnosla, pero existe un discurso masivo y muy arraigado que -entre algunos de sus contenidos- se halla una apremiante forma de convivir con el tiempo, como si este fuera una entidad absolutamente ajena a la forma en que la procesamos psicológicamente, es decir, considerando elementos emocionales y mentales (que atraviesan cada una de las experiencias propiamente humanas).

Toda forma de ideología o adoctrinamiento del pensamiento debe ser puesta en entredicho para acceder a genuinos valores personales. Aquello otorga el poder de juzgar con mayor criterio y lucidez nuestra propia conducta, pudiendo simplificarla a términos básicos, como si genera o no un daño en mí o en terceros, considerando que ambas formas de daño se hallan estrecha y delicadamente vinculadas, si nos reconocemos cada uno como elementos constitutivos de un entramado social siempre vinculante, complejo y dinámico (nuestra familia, cultura, sociedad local, global, etc.).

Desde una perspectiva siempre simple, el desarrollo del autoconocimiento convertido en un proyecto personal, puede acabar incluso con el aburrimiento recurrente observado en niños, adolescentes y muchos adultos, pues allí es mucho y muy interesante el trabajo que podemos sacar adelante cada uno de nosotros y su yo. Hay un cerebro muy poderoso en cada persona, capaz de sostener innumerables formas de mentes y personalidades, mirando hacia los extremos, desde unas sorprendentemente bondadosas hasta las más problemáticas, sin límites para ambos casos.

Cada tanto cabe cuestionarnos de qué hablamos cuando hablamos de bien o mal, de normal o anormal, o de la mismísima locura, cuando sus definiciones pueden provenir de lugares ajenos a mí, como un eco de generaciones históricas perdidas en el tiempo, excluidas de una actualización coherente con el momento de vida en que nos encontramos, personal y socialmente hablando. Negar la propia evolución no es una vía favorable; el dinamismo observable sin tanta dificultad si nos detenemos a mirar cómo ha transcurrido nuestra vida y cómo ha cambiado nuestro medioambiente, nuestros roles y relaciones, merece ser concebido como un aprendizaje experiencial que -valorado en su individualidad (pues nuestra experiencia es única e irrepetible)- nos permitirá tomar posiciones (y por ende decisiones y conductas) verdaderamente personales, profundas y adaptativas a un ambiente igualmente dinámico.

Encontrar y desarrollar un discurso propio desde el cual actuar es fundamental, pudiendo ser este distinto en aristas al de nuestros seres queridos y/o al de nuestra propia familia, siendo dicha diferenciación –en distintos grados para cada quien– una necesidad personal y madurativa impostergable en post de nuestro bienestar y avances personales proyectados en el tiempo, pues posee un valor emancipatorio, en tanto un sentido y necesidad de libertad del que somos cada uno también responsables.

Si bien la psicoterapia puede tener distintos focos u objetivos, opera también desde el reconocimiento consciente de este proceso personal de construcción de individualidad, comprendida esta como una forma de libertad, quizás la más relevante desde el punto de vista psicológico, en dirección contraria a la de un Yo extraviado, enajenado o “disuelto” en discursos hegemónicos.


Articulo enviado por José María Arriagada.

José María Arriagada Salgado
Psicólogo adolescentes y adultos
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