La Fundación OMIE y FUNDIPP rinden homenaje a la memoria de José Guimón Ugartechea con estas palabras escritas por Miguel Angel Gonzalez Torres & Jose Ignacio Eguiluz Uruchurtu.
Max Weber, en su famoso texto La Ciencia como Profesión distinguía entre dos modelos de científicos: sabios y expertos. Los sabios van más allá de los límites de su campo, se interrogan sobre todo lo que no conocen y no rehúyen las preguntas de la sociedad de su época que busca orientación sobre lo que la inquieta. José Guimón ha sido uno de ellos. Se nos hace difícil usar el pasado, pero la realidad nos obliga a conjugar así la figura de quien ha sido uno de los médicos claves en los últimos cincuenta años en el País Vasco y en España. Su falta nos interroga y de algún modo nos empuja a recoger sus preguntas y abordar sus respuestas.
José era Psiquiatra. La identidad del psiquiatra fue uno de los temas centrales de su carrera, que abordó en numerosas ocasiones. Nuestro papel como brujos o burócratas, como policías de la norma o como intermediarios de la adaptación social, o simple y llanamente como médicos le ocuparon mucho tiempo de reflexión y muchas líneas en sus obras. Nunca le importó demasiado no pensar como los demás y en una reflexión muy personal fue otorgando mayor importancia a la atención a las personas con patologías menos graves. Creía que también ese era nuestro lugar pues al lado de las grandes psicosis y el sufrimiento extremo se hallan el dolor de cada día; ese dolor que a veces, sin llegar a destruirnos, oscurece la vida hasta apagarla.
¿Cuál pues es nuestro lugar en la Medicina, la Salud Mental, el Hospital o el Centro de Salud?. ¿Hacia dónde avanzar?. ¿Hacia una integración profunda con las demás especialidades médicas, “psiquiatrizándolas” a todas ellas?. ¿Hacia una desmedicalización que nos asemeja a una Psicología Clínica?. ¿Otro camino?. No se puede achacar a José que rehuyera el debate. ¿Y nosotros?
José era psicoanalista. Un psicoanalista orgulloso de serlo y a la vez una de las personas más críticas con el psicoanálisis que hemos conocido. No había dogma que no pusiera en cuestión, ni Principio Fundamental que no examinara desapasionadamente. Lógicamente sus amigos en ese mundo eran otros analistas críticos y creativos; personas que amaban esta maravillosa disciplina y precisamente por ello se ocupaban de ella tratándola como un área del conocimiento más, que merecía rigor, respeto, investigación, debate y que ocupaba un lugar entre las Ciencias, no mayor, pero desde luego tampoco menor. José sin duda no fraternizaba con quienes consideraban al Psicoanálisis como una disciplina misteriosa y frágil, a la que había que proteger en una burbuja de aislamiento, jamás cuestionándolo ni sometiéndolo a debate. El psicoanálisis además para él era algo destinado a la asistencia pública pues se le podía y se le debía aplicar en los Hospitales y en los Centros de Salud Mental. José se interrogaba entonces si era posible un psicoanálisis abierto, también público, en el que la investigación tuviera un protagonismo y para el que la Universidad fuera el lugar de desarrollo. El creía que era posible y con su creencia nos plantea otro reto futuro: ¿Qué hacer con el Psicoanálisis hoy?
José era terapeuta de grupo. Puede que fuera el contexto clínico en el que se sentía más en su lugar. Desde siempre se rodeó de otros terapeutas de grupo y tanto en Bilbao como en Ginebra, en la asistencia hospitalaria y ambulatoria, en la universidad y en las instituciones lo grupal ocupaba para él una posición fundamental. Posiblemente la formación en terapia de grupo que él puso en marcha y hoy perdura a través de la Fundación OMIE, constituye treinta y cinco años y dos mil alumnos después el más completo programa de formación en grupos de Europa. Punto. Muchos de los psiquiatras y psicólogos de nuestro entorno han aprendido a conducir grupos y a valorar el formato grupal gracias a la influencia directa o indirecta de José y el colectivo de maestros grupales que han permanecido junto a él en esta iniciativa. A veces, sumergidos en nuestro particular día a día en el que lo grupal se ha convertido en un rasgo habitual del paisaje no nos damos cuenta de la riqueza que ello conlleva y del lujo del que disfrutamos en nuestra tierra, donde en las unidades de hospitalización, los centros de salud mental, los hospitales de día y hasta las asociaciones de familiares, el formato grupal es algo cotidiano.
Descartes murió hace 300 años y algunos desconocen todavía este hecho. Mente y cuerpo son realidades indisolublemente unidas, componentes de la naturaleza que deben ser abordados con el mismo respeto y desde la misma actitud inquisitiva. José se dedicó durante muchos años a promover la investigación biológica y se rodeó de investigadores curiosos y cuestionadores como él, que fueron sus amigos. Su interés por la bioquímica de las psicosis, por la genética o la neuroimagen no fueron impostados ni respondían a adaptaciones al correr de los tiempos. Se trataba de genuino respeto por lo somático y sus interrogantes. Su aprecio por la Terapia Electroconvulsiva y su incuestionable eficacia iba en paralelo a su interés por los abordajes familiares y el seguimiento grupal de los psicóticos. Nos enseñó que las intervenciones terapéuticas, sean biológicas o psicosociales, solo merecen respeto si se lo han ganado con pruebas, en la clínica y en la investigación.
Pocas personas habrá menos chauvinistas que José, menos cegadas por ese narcisismo de las pequeñas diferencias que tanto daño nos hace cada día. Y, sin embargo, ahora que no nos oye diremos que había algo genuinamente bilbaíno en su persona. Cuando viajó a Ginebra para ocupar la cátedra que antes había dirigido Ajuriaguerra, podía haberse desligado de todos nosotros, podía haber roto amarras con esta pequeña ciudad y sus pequeñas instituciones. Pero no fue así. Rápidamente nos invitó a visitarle y nos mostró, lógicamente orgulloso, su gran Departamento, sus colaboradores, sus nuevas responsabilidades. Pero además, y esto es lo sorprendente, se mostró orgulloso, de nosotros, ante su nuevo equipo. Nos integró en proyectos, convirtió a algunos de nosotros en docentes y sin duda, nos ayudó a creer de verdad que en este bocho entre montes, los bilbaínos del Casco Viejo o de Durango, de Pamplona, Madrid, León o Mérida, Méjico o Colombia, podemos aprender, colaborar y, ¿por qué no?, enseñar, de y en cualquier lugar.
Ojalá seamos capaces de honrar su memoria, respondiendo con la reflexión y la práctica clínica a las preguntas que él situó sobre el tablero y nos interpelan.
Descanse en Paz.
*Desde la Fundación OMIE se están organizando unas Jornadas en memoria de José Guimón de cara al 3 de febrero, os mantendremos informados.